La crisis fetichista
—¿Y para qué te compras los discos originales? Si lo tienes todo en Internet —me dijo con tono sarcástico.
—Pues… porque la música que realmente me gusta, quiero tenerla en formato físico con las carátulas, las letras… es más por el rollo fetichista que otra cosa —le contesté, con ese tono de superioridad que te da el hacer cosas que aún tienen cierto encanto.
—Pero eso es una tontería —respondió rotundamente—. Te compras los discos, los pasas a mp3 y luego los tienes guardados en un cajón y te olvidas de ellos. Me parece absurdo.
Pensé en contestarle con lo de la calidad del sonido, la perdurabilidad de los discos, y con mil y un argumentos intelectualoides más, que explicasen por qué comprar discos formaba parte de ese conjunto de cosas con encanto que algunos seguimos haciendo porque nos gusta, por pura convicción o por mera pose. Pero lo cierto es que tenía razón, que lo de comprar discos a estas alturas de la vida servía más bien de poco, con el p2p, el Spotify, etc. Que lo de la calidad de sonido era una tontería, porque hacía años que no tenía un buen equipo de música con el que apreciar la supuesta mejor calidad del CD frente al mp3, y que, de tenerlo algún día, seguramente nunca volvería a poner uno de mis discos por pura pereza o porque rara vez vuelvo a música de varios años atrás, con la cantidad de música nueva que sale cada día.
Aquella noche llegué a casa y abrí el cajón de los discos. Por un momento me vi a mi mismo rociando aquel cajón con gasolina y prendiéndole fuego, mientras me cagaba en mis gilipolleces fetichistas. Lo volví a cerrar, era tarde, pero mañana empezaría la limpieza.
La crisis fetichista
—¿Y para qué te compras los discos originales? Si lo tienes todo en Internet —me dijo con tono sarcástico.
—Pues… porque la música que realmente me gusta, quiero tenerla en formato físico con las carátulas, las letras… es más por el rollo fetichista que otra cosa —le contesté, con ese tono de superioridad que te da el hacer cosas que aún tienen cierto encanto.
—Pero eso es una tontería —respondió rotundamente—. Te compras los discos, los pasas a mp3 y luego los tienes guardados en un cajón y te olvidas de ellos. Me parece absurdo.
Pensé en contestarle con lo de la calidad del sonido, la perdurabilidad de los discos, y con mil y un argumentos intelectualoides más, que explicasen por qué comprar discos formaba parte de ese conjunto de cosas con encanto que algunos seguimos haciendo porque nos gusta, por pura convicción o por mera pose. Pero lo cierto es que tenía razón, que lo de comprar discos a estas alturas de la vida servía más bien de poco, con el p2p, el Spotify, etc. Que lo de la calidad de sonido era una tontería, porque hacía años que no tenía un buen equipo de música con el que apreciar la supuesta mejor calidad del CD frente al mp3, y que, de tenerlo algún día, seguramente nunca volvería a poner uno de mis discos por pura pereza o porque rara vez vuelvo a música de varios años atrás, con la cantidad de música nueva que sale cada día.
Aquella noche llegué a casa y abrí el cajón de los discos. Por un momento me vi a mi mismo rociando aquel cajón con gasolina y prendiéndole fuego, mientras me cagaba en mis gilipolleces fetichistas. Lo volví a cerrar, era tarde, pero mañana empezaría la limpieza.