Rebelión en la granja
Y un día, sin venir a cuento y porque le apetece, uno pide pescado en vez de carne. No es que de repente una revelación divina me haya hecho cambiar de opinión, en realidad siempre me gustó el pescado, pero por cuestiones del destino, el menú llevaba muchos meses siendo a base de carne y, hablando claro, estaba hasta los mismísimos cojones de que todo en esta vida fuera pollo, cerdo y ternera.
Días antes había llegado un cocinero nuevo, y éste, en el mayor alarde revolucionario al que podría aspirar en este comedor de colegio, decidió comenzar a elaborar recetas de pescado en todas sus variedades: hervido, rebozado, a la plancha, con esta salsa, con aquella…
Lo que jamás hubiera pensado que vendría junto con el hecho de comer pescado, fue una absurda sensación de culpabilidad por haberle dado la espalda a la carne, absurda, pero ahí estaba. La obsesión llegó hasta tal punto que tuve que buscarme un psiquiatra para explicarle que por las noches soñaba con pollos que me miraban en la oscuridad de un tenebroso corral, con ojos inquisidores, sediendos de explicaciones y llenos de ira. Cuando no eran pollos, eran vacas. Hasta en una ocasión un cordero me soltó unas palabras en lo que yo supuse que era árabe, que me dejaron helado.
El psiquiatra lo primero que hizo fue recetarme ansiolíticos, sin más preguntas. Y uno, que siempre ha sido más amigo de dialogar que de empastillarse, decidió tirar de ahorros, pasar del psiquiatra de la seguridad social y de sus ansiolíticos, y pagarse un psicólogo. Maldita la hora. Tras la sesión de bienvenida, tres sesiones interpretando dibujitos a base de manchas y contándole mis pesadillas granjeras, 360 euros menos y varias pajas más, que el psicólogo estaba buenísimo y hablaba con acento argentino, decidí que me salía más barato tomarme los ansiolíticos y volver al porno en DivX. Los ansiolíticos y el porno hacían su efecto pasajero, tranquilo acababa, pero bastaba caer dormido para que la rebelión en la granja volviera a mi cabeza cacareando y mugiendo sin parar.
El caso es que en ningún momento me pasé al pescado en exclusiva, simplemente decidí incluir en mi dieta un menú más variado de segundos platos, y de vez en cuando volvía a la carne. Pero desde el primer momento en que probé el pescado, los pollos parecieron confabularse contra mi, o es que uno elige muy mal, o es que el cocinero tenía siempre un mal día, pero no recuerdo filetes de pollo más secos en mi vida. De los días que elegí ternera, mejor no hablar, no he probado nunca una suela de zapato, pero debe andar cerca. Eso sí, al menos los días que había cerdo, la cosa jamás falló. Va a ser cierto aquello de “del cerdo hasta los andares”.
Al final, un día que los filetes de pollo estaban especialmente secos y que intentando solucionarlo a base de ketchup, acabó siendo aquello ketchup con pollo y no pollo con ketchup, terminé de comer y me levanté airoso dispuesto a hablar con el cocinero en defensa de los pobres pollos. Yo defendiendo a los pollos, sí. Pero el cocinero, después de mirarme con cara rara, me dijo que poco podía hacer él, que los pollos y la ternera que le traían venían así y que aquello era lo mejor que podía hacer. El cocinero, que casualmente también estaba buenísimo y hablaba con acento italiano, me convenció sin más, así que me resigné a abandonarme al pescado y volver a la carne sólo cuando hubiera cerdo.
Lo que empezó como resignación terminó volviendo a ser el acto de autoafirmación que fue en primera instancia. Bastaron dos días, el primero con una exquisita merluza y el segundo con unos filetes de emperador orgásmicos, para que mandara todo a la mierda y me preguntara por qué cojones tenía yo que estar sintiéndome culpable por unos desagradecidos pollos y una ternera amargada. Y a partir de esa noche, de repente, se acabaron los mugidos y los cacareos.
Rebelión en la granja
Y un día, sin venir a cuento y porque le apetece, uno pide pescado en vez de carne. No es que de repente una revelación divina me haya hecho cambiar de opinión, en realidad siempre me gustó el pescado, pero por cuestiones del destino, el menú llevaba muchos meses siendo a base de carne y, hablando claro, estaba hasta los mismísimos cojones de que todo en esta vida fuera pollo, cerdo y ternera.
Días antes había llegado un cocinero nuevo, y éste, en el mayor alarde revolucionario al que podría aspirar en este comedor de colegio, decidió comenzar a elaborar recetas de pescado en todas sus variedades: hervido, rebozado, a la plancha, con esta salsa, con aquella…
Lo que jamás hubiera pensado que vendría junto con el hecho de comer pescado, fue una absurda sensación de culpabilidad por haberle dado la espalda a la carne, absurda, pero ahí estaba. La obsesión llegó hasta tal punto que tuve que buscarme un psiquiatra para explicarle que por las noches soñaba con pollos que me miraban en la oscuridad de un tenebroso corral, con ojos inquisidores, sediendos de explicaciones y llenos de ira. Cuando no eran pollos, eran vacas. Hasta en una ocasión un cordero me soltó unas palabras en lo que yo supuse que era árabe, que me dejaron helado.
El psiquiatra lo primero que hizo fue recetarme ansiolíticos, sin más preguntas. Y uno, que siempre ha sido más amigo de dialogar que de empastillarse, decidió tirar de ahorros, pasar del psiquiatra de la seguridad social y de sus ansiolíticos, y pagarse un psicólogo. Maldita la hora. Tras la sesión de bienvenida, tres sesiones interpretando dibujitos a base de manchas y contándole mis pesadillas granjeras, 360 euros menos y varias pajas más, que el psicólogo estaba buenísimo y hablaba con acento argentino, decidí que me salía más barato tomarme los ansiolíticos y volver al porno en DivX. Los ansiolíticos y el porno hacían su efecto pasajero, tranquilo acababa, pero bastaba caer dormido para que la rebelión en la granja volviera a mi cabeza cacareando y mugiendo sin parar.
El caso es que en ningún momento me pasé al pescado en exclusiva, simplemente decidí incluir en mi dieta un menú más variado de segundos platos, y de vez en cuando volvía a la carne. Pero desde el primer momento en que probé el pescado, los pollos parecieron confabularse contra mi, o es que uno elige muy mal, o es que el cocinero tenía siempre un mal día, pero no recuerdo filetes de pollo más secos en mi vida. De los días que elegí ternera, mejor no hablar, no he probado nunca una suela de zapato, pero debe andar cerca. Eso sí, al menos los días que había cerdo, la cosa jamás falló. Va a ser cierto aquello de “del cerdo hasta los andares”.
Al final, un día que los filetes de pollo estaban especialmente secos y que intentando solucionarlo a base de ketchup, acabó siendo aquello ketchup con pollo y no pollo con ketchup, terminé de comer y me levanté airoso dispuesto a hablar con el cocinero en defensa de los pobres pollos. Yo defendiendo a los pollos, sí. Pero el cocinero, después de mirarme con cara rara, me dijo que poco podía hacer él, que los pollos y la ternera que le traían venían así y que aquello era lo mejor que podía hacer. El cocinero, que casualmente también estaba buenísimo y hablaba con acento italiano, me convenció sin más, así que me resigné a abandonarme al pescado y volver a la carne sólo cuando hubiera cerdo.
Lo que empezó como resignación terminó volviendo a ser el acto de autoafirmación que fue en primera instancia. Bastaron dos días, el primero con una exquisita merluza y el segundo con unos filetes de emperador orgásmicos, para que mandara todo a la mierda y me preguntara por qué cojones tenía yo que estar sintiéndome culpable por unos desagradecidos pollos y una ternera amargada. Y a partir de esa noche, de repente, se acabaron los mugidos y los cacareos.