De carretes y revelados

Echo de menos aquellos tiempos en los que las cámaras fotográficas funcionaban con carrete y tenías que ir al pertinente laboratorio para revelarlas. Lo echo de menos, porque desde que las cámaras digitales se democratizaron, han surgido millones de disparadores compulsivos sin ningún criterio ni en la ejecución ni en la selección posterior. Y lo hecho de menos, porque antes las fotos se quedaban en el ámbito de lo privado, metidas en un bonito álbum en el mejor de los casos, y podías guardar a buen recaudo o directamente deshacerte de esas fotos comprometidas que no querías que viera nadie. Ahora, no sólo las suben al Facebook, sino que además te etiquetan.

La verdad es que etiquetar o no etiquetar no es la cuestión, fácilmente puedes borrar etiquetas y ocultar las fotos etiquetadas para que no salgan en tu perfil. Lo realmente jodido es que tengas uno de esos amigos disparadores compulsivos, que suelen ser igual de compulsivos para aceptar amistades en la dichosa red social, y te encuentres con álbumes dedicados casi enteramente a ti, enseñando cuerpo serrano en mil posturas diferentes mientras bailas borracho en el sarao de turno.

De nada sirve que en su privacidad muestre sus fotos sólo a “sus amigos”, porque no hay privacidad que valga cuando “sus amigos” son casi 600 personas, la mayoría completamente desconocidas para ti y algunas otras que conoces y preferirías no haberlo hecho.

Y mira que no me gusta nada tener que entrar clandestinamente en el perfil de nadie y tener que borrar fotos de algunos álbumes o configurar privacidades de otros… pero a veces no me dejas otra opción.

El placer de ir solo al cine

Hoy ha vuelto a pasar, un teléfono en silencio que me amarga la existencia. La impotencia de querer ponerte en contacto con alguien y no conseguirlo ni a la tercera. Es una situación que me repatea, más cuando de repente te encuentras con que te han dejado tirado a la mínima y necesitas urgente e imperiosamente saber dónde coño se ha metido la persona con la que quieres contactar y con la que estabas hasta hace escasos minutos, más que nada, por no tener que pasarte la siguiente media hora buscándole bar tras bar hasta acertar en cuál ha decidido meterse a todo correr mientras tú ibas a sacar dinero para comprarle un par de discos del solista del concierto que acabáis de ver. Hay ocasiones en las que lo del rencor y el perdón lo llevo muy mal, lo confieso.

Despiste o premeditación, la verdad es que me importa una mierda, a mi la cara de gilipollas esperando una respuesta ya no me la quita nadie. Pero bueno, hoy la situación no era la de encontrarse repentinamente en una inesperada y desesperada soledad, sino todo lo contrario. Así que como uno también sabe silenciar el móvil y hacer lo que le sale de los cojones ignorando al resto del universo, eso mismo he hecho. Y oye, estupendamente, de hecho creo que debería hacerlo más a menudo y dejarme de dependencias emocionales absurdas que no me llevan mas que a situaciones frustrantes. Porque ir contigo al cine está bien, pero si me lo pones tan difícil mejor me voy yo solo.

Intromisiones y nimiedades

Desde hace un tiempo tengo la sensación de andar por la vida metiéndome donde no me llaman, eligiendo cosas por los demás, tomando decisiones sobre asuntos que no me afectan. Y en principio no habría mayor problema, si no fuera porque también tengo la sensación, o la constancia, de que las cosas que elijo y las decisiones que tomo me las podría meter por el culo, de que estoy jugando con un arma de doble filo, el arma del que te pide ayuda, pero luego te dice que no la necesita, a veces no de la mejor manera.

En el fondo es bastante parecido a mi antiguo trabajo de diseñador. De repente un imbécil te pide que quiere una nueva identidad corporativa y cuando la tienes hecha, pensada, repensada, ajustada en presupuesto y dispuesta en una flamante presentación, el mismo imbécil que vino suplicándote, te dice ahora que no la quiere, o peor aún, que nunca la quiso. ¡Tócate los cojones!

Al menos, si tienes cierto renombre y sabes manejar al imbécil de turno, terminarás con un proyecto en el cajón, pero con la cuenta bancaria mínimamente engordada. Pero no siempre ese imbécil es un mero cliente, y no siempre es dinero lo que esperas a cambio. A veces lo que esperas a cambio es un poco de ilusión, de predisposición, de preocupación, de interés, de respeto…

Nimiedades… bueno… si tú lo dices.

La delgada línea roja

Hoy es un día de delgadas líneas rojas. Porque la vida de una persona está repleta de días así, días llenos de delgadas, finísimas líneas rojas. Líneas rojas como las que separan el humor ácido de la mala leche, un consejo de una intromisión, un deseo de una obsesión, un ataque verbal de una hostia en la cara, el amor del odio…

Respirar hondo, contar hasta tres, hasta diez, hasta cien… la verdad es que mas que días de delgadas líneas rojas, son días en los que repasar esas delgadas líneas con brocha gorda, bien gorda, para verlas bien y evitar estar pasando constantemente de un lado al otro al menor descuido.

Gruesas líneas rojas que separan el humor ácido de la mala leche, los consejos de las intromisiones, los deseos de las obsesiones, los ataques verbales de las hostias en la cara, el amor del odio… y mi casa del aeropuerto.

Hoy es un día de gruesas líneas rojas… sí, suena mucho mejor, definitivamente.

La crisis fetichista

—¿Y para qué te compras los discos originales? Si lo tienes todo en Internet —me dijo con tono sarcástico.
—Pues… porque la música que realmente me gusta, quiero tenerla en formato físico con las carátulas, las letras… es más por el rollo fetichista que otra cosa —le contesté, con ese tono de superioridad que te da el hacer cosas que aún tienen cierto encanto.
—Pero eso es una tontería —respondió rotundamente—. Te compras los discos, los pasas a mp3 y luego los tienes guardados en un cajón y te olvidas de ellos. Me parece absurdo.

Pensé en contestarle con lo de la calidad del sonido, la perdurabilidad de los discos, y con mil y un argumentosintelectualoides más, que explicasen por qué comprar discos formaba parte de ese conjunto de cosas con encanto que algunos seguimos haciendo porque nos gusta, por pura convicción o por mera pose. Pero lo cierto es que tenía razón, que lo de comprar discos a estas alturas de la vida servía más bien de poco, con el p2p, el Spotify, etc. Que lo de la calidad de sonido era una tontería, porque hacía años que no tenía un buen equipo de música con el que apreciar la supuesta mejor calidad del CD frente al mp3, y que, de tenerlo algún día, seguramente nunca volvería a poner uno de mis discos por pura pereza o porque rara vez vuelvo a música de varios años atrás, con la cantidad de música nueva que sale cada día.

Aquella noche llegué a casa y abrí el cajón de los discos. Por un momento me vi a mi mismo rociando aquel cajón con gasolina y prendiéndole fuego, mientras me cagaba en mis gilipolleces fetichistas. Lo volví a cerrar, era tarde, pero mañana empezaría la limpieza.

Reglas de honor

Hacía tres semanas que no le veía, desde aquella noche extraña en la que, tras dos meses negándose a darme el teléfono de aquel chico, inexplicablemente quedó con ambos para ir los tres a un concierto. El ambiente estaba tenso, era evidente que desde aquella noche había quedado una conversación pendiente, hasta que se abrió la veda.

—Mira, quería hablarte del tío este —me dijo gritándome al oído mientras sostenía su cubata, intentando a duras penas superar el volumen de la música—. No quiero que pase nada entre vosotros, porque tampoco es plan de que tú y yo acabemos sin hablarnos por un tío.

Yo asentí y guardé silencio, por no mentir. Siguió hablándome de polvos, rollos y reglas de honor, y yo seguí asintiendo a todas y cada una de sus frases lapidatorias, mientras confirmaba que aquello era el principio del fin, que tras dos años de afinidades, conciertos y noches de borrachera, todo se iría a la mierda en cuanto le contara que ya era tarde para pedir que no pasara nada entre el tío este y yo, porque hacía tres semanas que estaba pasando.

Rebelión en la granja

Y un día, sin venir a cuento y porque le apetece, uno pide pescado en vez de carne. No es que de repente una revelación divina me haya hecho cambiar de opinión, en realidad siempre me gustó el pescado, pero por cuestiones del destino, el menú llevaba muchos meses siendo a base de carne y, hablando claro, estaba hasta los mismísimos cojones de que todo en esta vida fuera pollo, cerdo y ternera.

Días antes había llegado un cocinero nuevo, y éste, en el mayor alarde revolucionario al que podría aspirar en este comedor de colegio, decidió comenzar a elaborar recetas de pescado en todas sus variedades: hervido, rebozado, a la plancha, con esta salsa, con aquella…

Lo que jamás hubiera pensado que vendría junto con el hecho de comer pescado, fue una absurda sensación de culpabilidad por haberle dado la espalda a la carne, absurda, pero ahí estaba. La obsesión llegó hasta tal punto que tuve que buscarme un psiquiatra para explicarle que por las noches soñaba con pollos que me miraban en la oscuridad de un tenebroso corral, con ojos inquisidores, sediendos de explicaciones y llenos de ira. Cuando no eran pollos, eran vacas. Hasta en una ocasión un cordero me soltó unas palabras en lo que yo supuse que era árabe, que me dejaron helado.

El psiquiatra lo primero que hizo fue recetarme ansiolíticos, sin más preguntas. Y uno, que siempre ha sido más amigo de dialogar que de empastillarse, decidió tirar de ahorros, pasar del psiquiatra de la seguridad social y de sus ansiolíticos, y pagarse un psicólogo. Maldita la hora. Tras la sesión de bienvenida, tres sesiones interpretando dibujitos a base de manchas y contándole mis pesadillas granjeras, 360 euros menos y varias pajas más, que el psicólogo estaba buenísimo y hablaba con acento argentino, decidí que me salía más barato tomarme los ansiolíticos y volver al porno en DivX. Los ansiolíticos y el porno hacían su efecto pasajero, tranquilo acababa, pero bastaba caer dormido para que la rebelión en la granja volviera a mi cabeza cacareando y mugiendo sin parar.

El caso es que en ningún momento me pasé al pescado en exclusiva, simplemente decidí incluir en mi dieta un menú más variado de segundos platos, y de vez en cuando volvía a la carne. Pero desde el primer momento en que probé el pescado, los pollos parecieron confabularse contra mi, o es que uno elige muy mal, o es que el cocinero tenía siempre un mal día, pero no recuerdo filetes de pollo más secos en mi vida. De los días que elegí ternera, mejor no hablar, no he probado nunca una suela de zapato, pero debe andar cerca. Eso sí, al menos los días que había cerdo, la cosa jamás falló. Va a ser cierto aquello de “del cerdo hasta los andares”.

Al final, un día que los filetes de pollo estaban especialmente secos y que intentando solucionarlo a base de ketchup, acabó siendo aquello ketchup con pollo y no pollo con ketchup, terminé de comer y me levanté airoso dispuesto a hablar con el cocinero en defensa de los pobres pollos. Yo defendiendo a los pollos, sí. Pero el cocinero, después de mirarme con cara rara, me dijo que poco podía hacer él, que los pollos y la ternera que le traían venían así y que aquello era lo mejor que podía hacer. El cocinero, que casualmente también estaba buenísimo y hablaba con acento italiano, me convenció sin más, así que me resigné a abandonarme al pescado y volver a la carne sólo cuando hubiera cerdo.

Lo que empezó como resignación terminó volviendo a ser el acto de autoafirmación que fue en primera instancia. Bastaron dos días, el primero con una exquisita merluza y el segundo con unos filetes de emperador orgásmicos, para que mandara todo a la mierda y me preguntara por qué cojones tenía yo que estar sintiéndome culpable por unos desagradecidos pollos y una ternera amargada. Y a partir de esa noche, de repente, se acabaron los mugidos y los cacareos.

Hasta siempre

Qué poco pensamos en la muerte en nuestro día a día, como si no existiera, o precisamente porque existe y pensar en ella diariamente sería una tortura.

Hace ya unos años que murió mi última abuela, aquel día tuve una sensación extraña, de repente ya no sería nieto de nadie nunca más. Era como dar un paso de gigante en el tiempo, una nueva zancada hacia el abismo, unos metros más hacia la caída.

Hoy el que se ha ido es mi tío, es el primero de todos mis tíos que se marcha al otro lado, sea cual sea ese otro lado si es que existe. Ese grupo de gente formado por padres, madres, tíos y tías, esa generación que por edad está por delante de mí en este viaje, ha perdido a uno de sus miembros.

Desde que empezó a empeorar hace ya varias semanas, he intentado brindar mentalmente por él siempre que algo bueno me pasaba, siempre que vivía uno de esos momentos de felicidad efímera, al principio con la esperanza de volverle a ver, pero poco a poco asumiendo que se estaba yendo sin billete de vuelta.

Hoy ha llegado el momento de brindar por última vez, o quizás de empezar una nueva etapa de brindis para seguir celebrando con él todo lo bueno que me pase.

Hasta siempre.

Un día de furia

Ella conversaba con su compañera de trabajo, con su habitual e histriónica forma de gesticular, moviendo los brazos exageradamente y relatando los insignificantes problemas de su absurda existencia con su insoportable timbre de voz, como si el resto de mortales no tuviéramos suficiente con nuestros propios problemas y la humanidad tuviese la obligación de servirle de psicoanalista las veinticuatro horas del día.

Me quedé quieto, mirándola desde mi mesa y entonces lo vi. Me levanté y saqué la escopeta recortada que guardaba en la mochila. Sin dilación me dirigí hacia ella, y mientras su compañera se percataba de la situación y con cara de terror intentaba esconderse bajo su mesa, ella se giró sin tiempo para cambiar su característica sonrisa de arpía antes de recibir el disparo.

Por suerte, mis fantasías son sólo eso, fantasías.

De carretes y revelados

Echo de menos aquellos tiempos en los que las cámaras fotográficas funcionaban con carrete y tenías que ir al pertinente laboratorio para revelarlas. Lo echo de menos, porque desde que las cámaras digitales se democratizaron, han surgido millones de disparadores compulsivos sin ningún criterio ni en la ejecución ni en la selección posterior. Y lo hecho de menos, porque antes las fotos se quedaban en el ámbito de lo privado, metidas en un bonito álbum en el mejor de los casos, y podías guardar a buen recaudo o directamente deshacerte de esas fotos comprometidas que no querías que viera nadie. Ahora, no sólo las suben al Facebook, sino que además te etiquetan.

La verdad es que etiquetar o no etiquetar no es la cuestión, fácilmente puedes borrar etiquetas y ocultar las fotos etiquetadas para que no salgan en tu perfil. Lo realmente jodido es que tengas uno de esos amigos disparadores compulsivos, que suelen ser igual de compulsivos para aceptar amistades en la dichosa red social, y te encuentres con álbumes dedicados casi enteramente a ti, enseñando cuerpo serrano en mil posturas diferentes mientras bailas borracho en el sarao de turno.

De nada sirve que en su privacidad muestre sus fotos sólo a “sus amigos”, porque no hay privacidad que valga cuando “sus amigos” son casi 600 personas, la mayoría completamente desconocidas para ti y algunas otras que conoces y preferirías no haberlo hecho.

Y mira que no me gusta nada tener que entrar clandestinamente en el perfil de nadie y tener que borrar fotos de algunos álbumes o configurar privacidades de otros… pero a veces no me dejas otra opción.

El placer de ir solo al cine

Hoy ha vuelto a pasar, un teléfono en silencio que me amarga la existencia. La impotencia de querer ponerte en contacto con alguien y no conseguirlo ni a la tercera. Es una situación que me repatea, más cuando de repente te encuentras con que te han dejado tirado a la mínima y necesitas urgente e imperiosamente saber dónde coño se ha metido la persona con la que quieres contactar y con la que estabas hasta hace escasos minutos, más que nada, por no tener que pasarte la siguiente media hora buscándole bar tras bar hasta acertar en cuál ha decidido meterse a todo correr mientras tú ibas a sacar dinero para comprarle un par de discos del solista del concierto que acabáis de ver. Hay ocasiones en las que lo del rencor y el perdón lo llevo muy mal, lo confieso.

Despiste o premeditación, la verdad es que me importa una mierda, a mi la cara de gilipollas esperando una respuesta ya no me la quita nadie. Pero bueno, hoy la situación no era la de encontrarse repentinamente en una inesperada y desesperada soledad, sino todo lo contrario. Así que como uno también sabe silenciar el móvil y hacer lo que le sale de los cojones ignorando al resto del universo, eso mismo he hecho. Y oye, estupendamente, de hecho creo que debería hacerlo más a menudo y dejarme de dependencias emocionales absurdas que no me llevan mas que a situaciones frustrantes. Porque ir contigo al cine está bien, pero si me lo pones tan difícil mejor me voy yo solo.

Intromisiones y nimiedades

Desde hace un tiempo tengo la sensación de andar por la vida metiéndome donde no me llaman, eligiendo cosas por los demás, tomando decisiones sobre asuntos que no me afectan. Y en principio no habría mayor problema, si no fuera porque también tengo la sensación, o la constancia, de que las cosas que elijo y las decisiones que tomo me las podría meter por el culo, de que estoy jugando con un arma de doble filo, el arma del que te pide ayuda, pero luego te dice que no la necesita, a veces no de la mejor manera.

En el fondo es bastante parecido a mi antiguo trabajo de diseñador. De repente un imbécil te pide que quiere una nueva identidad corporativa y cuando la tienes hecha, pensada, repensada, ajustada en presupuesto y dispuesta en una flamante presentación, el mismo imbécil que vino suplicándote, te dice ahora que no la quiere, o peor aún, que nunca la quiso. ¡Tócate los cojones!

Al menos, si tienes cierto renombre y sabes manejar al imbécil de turno, terminarás con un proyecto en el cajón, pero con la cuenta bancaria mínimamente engordada. Pero no siempre ese imbécil es un mero cliente, y no siempre es dinero lo que esperas a cambio. A veces lo que esperas a cambio es un poco de ilusión, de predisposición, de preocupación, de interés, de respeto…

Nimiedades… bueno… si tú lo dices.

La delgada línea roja

Hoy es un día de delgadas líneas rojas. Porque la vida de una persona está repleta de días así, días llenos de delgadas, finísimas líneas rojas. Líneas rojas como las que separan el humor ácido de la mala leche, un consejo de una intromisión, un deseo de una obsesión, un ataque verbal de una hostia en la cara, el amor del odio…

Respirar hondo, contar hasta tres, hasta diez, hasta cien… la verdad es que mas que días de delgadas líneas rojas, son días en los que repasar esas delgadas líneas con brocha gorda, bien gorda, para verlas bien y evitar estar pasando constantemente de un lado al otro al menor descuido.

Gruesas líneas rojas que separan el humor ácido de la mala leche, los consejos de las intromisiones, los deseos de las obsesiones, los ataques verbales de las hostias en la cara, el amor del odio… y mi casa del aeropuerto.

Hoy es un día de gruesas líneas rojas… sí, suena mucho mejor, definitivamente.

La crisis fetichista

—¿Y para qué te compras los discos originales? Si lo tienes todo en Internet —me dijo con tono sarcástico.
—Pues… porque la música que realmente me gusta, quiero tenerla en formato físico con las carátulas, las letras… es más por el rollo fetichista que otra cosa —le contesté, con ese tono de superioridad que te da el hacer cosas que aún tienen cierto encanto.
—Pero eso es una tontería —respondió rotundamente—. Te compras los discos, los pasas a mp3 y luego los tienes guardados en un cajón y te olvidas de ellos. Me parece absurdo.

Pensé en contestarle con lo de la calidad del sonido, la perdurabilidad de los discos, y con mil y un argumentosintelectualoides más, que explicasen por qué comprar discos formaba parte de ese conjunto de cosas con encanto que algunos seguimos haciendo porque nos gusta, por pura convicción o por mera pose. Pero lo cierto es que tenía razón, que lo de comprar discos a estas alturas de la vida servía más bien de poco, con el p2p, el Spotify, etc. Que lo de la calidad de sonido era una tontería, porque hacía años que no tenía un buen equipo de música con el que apreciar la supuesta mejor calidad del CD frente al mp3, y que, de tenerlo algún día, seguramente nunca volvería a poner uno de mis discos por pura pereza o porque rara vez vuelvo a música de varios años atrás, con la cantidad de música nueva que sale cada día.

Aquella noche llegué a casa y abrí el cajón de los discos. Por un momento me vi a mi mismo rociando aquel cajón con gasolina y prendiéndole fuego, mientras me cagaba en mis gilipolleces fetichistas. Lo volví a cerrar, era tarde, pero mañana empezaría la limpieza.

Reglas de honor

Hacía tres semanas que no le veía, desde aquella noche extraña en la que, tras dos meses negándose a darme el teléfono de aquel chico, inexplicablemente quedó con ambos para ir los tres a un concierto. El ambiente estaba tenso, era evidente que desde aquella noche había quedado una conversación pendiente, hasta que se abrió la veda.

—Mira, quería hablarte del tío este —me dijo gritándome al oído mientras sostenía su cubata, intentando a duras penas superar el volumen de la música—. No quiero que pase nada entre vosotros, porque tampoco es plan de que tú y yo acabemos sin hablarnos por un tío.

Yo asentí y guardé silencio, por no mentir. Siguió hablándome de polvos, rollos y reglas de honor, y yo seguí asintiendo a todas y cada una de sus frases lapidatorias, mientras confirmaba que aquello era el principio del fin, que tras dos años de afinidades, conciertos y noches de borrachera, todo se iría a la mierda en cuanto le contara que ya era tarde para pedir que no pasara nada entre el tío este y yo, porque hacía tres semanas que estaba pasando.

Rebelión en la granja

Y un día, sin venir a cuento y porque le apetece, uno pide pescado en vez de carne. No es que de repente una revelación divina me haya hecho cambiar de opinión, en realidad siempre me gustó el pescado, pero por cuestiones del destino, el menú llevaba muchos meses siendo a base de carne y, hablando claro, estaba hasta los mismísimos cojones de que todo en esta vida fuera pollo, cerdo y ternera.

Días antes había llegado un cocinero nuevo, y éste, en el mayor alarde revolucionario al que podría aspirar en este comedor de colegio, decidió comenzar a elaborar recetas de pescado en todas sus variedades: hervido, rebozado, a la plancha, con esta salsa, con aquella…

Lo que jamás hubiera pensado que vendría junto con el hecho de comer pescado, fue una absurda sensación de culpabilidad por haberle dado la espalda a la carne, absurda, pero ahí estaba. La obsesión llegó hasta tal punto que tuve que buscarme un psiquiatra para explicarle que por las noches soñaba con pollos que me miraban en la oscuridad de un tenebroso corral, con ojos inquisidores, sediendos de explicaciones y llenos de ira. Cuando no eran pollos, eran vacas. Hasta en una ocasión un cordero me soltó unas palabras en lo que yo supuse que era árabe, que me dejaron helado.

El psiquiatra lo primero que hizo fue recetarme ansiolíticos, sin más preguntas. Y uno, que siempre ha sido más amigo de dialogar que de empastillarse, decidió tirar de ahorros, pasar del psiquiatra de la seguridad social y de sus ansiolíticos, y pagarse un psicólogo. Maldita la hora. Tras la sesión de bienvenida, tres sesiones interpretando dibujitos a base de manchas y contándole mis pesadillas granjeras, 360 euros menos y varias pajas más, que el psicólogo estaba buenísimo y hablaba con acento argentino, decidí que me salía más barato tomarme los ansiolíticos y volver al porno en DivX. Los ansiolíticos y el porno hacían su efecto pasajero, tranquilo acababa, pero bastaba caer dormido para que la rebelión en la granja volviera a mi cabeza cacareando y mugiendo sin parar.

El caso es que en ningún momento me pasé al pescado en exclusiva, simplemente decidí incluir en mi dieta un menú más variado de segundos platos, y de vez en cuando volvía a la carne. Pero desde el primer momento en que probé el pescado, los pollos parecieron confabularse contra mi, o es que uno elige muy mal, o es que el cocinero tenía siempre un mal día, pero no recuerdo filetes de pollo más secos en mi vida. De los días que elegí ternera, mejor no hablar, no he probado nunca una suela de zapato, pero debe andar cerca. Eso sí, al menos los días que había cerdo, la cosa jamás falló. Va a ser cierto aquello de “del cerdo hasta los andares”.

Al final, un día que los filetes de pollo estaban especialmente secos y que intentando solucionarlo a base de ketchup, acabó siendo aquello ketchup con pollo y no pollo con ketchup, terminé de comer y me levanté airoso dispuesto a hablar con el cocinero en defensa de los pobres pollos. Yo defendiendo a los pollos, sí. Pero el cocinero, después de mirarme con cara rara, me dijo que poco podía hacer él, que los pollos y la ternera que le traían venían así y que aquello era lo mejor que podía hacer. El cocinero, que casualmente también estaba buenísimo y hablaba con acento italiano, me convenció sin más, así que me resigné a abandonarme al pescado y volver a la carne sólo cuando hubiera cerdo.

Lo que empezó como resignación terminó volviendo a ser el acto de autoafirmación que fue en primera instancia. Bastaron dos días, el primero con una exquisita merluza y el segundo con unos filetes de emperador orgásmicos, para que mandara todo a la mierda y me preguntara por qué cojones tenía yo que estar sintiéndome culpable por unos desagradecidos pollos y una ternera amargada. Y a partir de esa noche, de repente, se acabaron los mugidos y los cacareos.

Hasta siempre

Qué poco pensamos en la muerte en nuestro día a día, como si no existiera, o precisamente porque existe y pensar en ella diariamente sería una tortura.

Hace ya unos años que murió mi última abuela, aquel día tuve una sensación extraña, de repente ya no sería nieto de nadie nunca más. Era como dar un paso de gigante en el tiempo, una nueva zancada hacia el abismo, unos metros más hacia la caída.

Hoy el que se ha ido es mi tío, es el primero de todos mis tíos que se marcha al otro lado, sea cual sea ese otro lado si es que existe. Ese grupo de gente formado por padres, madres, tíos y tías, esa generación que por edad está por delante de mí en este viaje, ha perdido a uno de sus miembros.

Desde que empezó a empeorar hace ya varias semanas, he intentado brindar mentalmente por él siempre que algo bueno me pasaba, siempre que vivía uno de esos momentos de felicidad efímera, al principio con la esperanza de volverle a ver, pero poco a poco asumiendo que se estaba yendo sin billete de vuelta.

Hoy ha llegado el momento de brindar por última vez, o quizás de empezar una nueva etapa de brindis para seguir celebrando con él todo lo bueno que me pase.

Hasta siempre.

Un día de furia

Ella conversaba con su compañera de trabajo, con su habitual e histriónica forma de gesticular, moviendo los brazos exageradamente y relatando los insignificantes problemas de su absurda existencia con su insoportable timbre de voz, como si el resto de mortales no tuviéramos suficiente con nuestros propios problemas y la humanidad tuviese la obligación de servirle de psicoanalista las veinticuatro horas del día.

Me quedé quieto, mirándola desde mi mesa y entonces lo vi. Me levanté y saqué la escopeta recortada que guardaba en la mochila. Sin dilación me dirigí hacia ella, y mientras su compañera se percataba de la situación y con cara de terror intentaba esconderse bajo su mesa, ella se giró sin tiempo para cambiar su característica sonrisa de arpía antes de recibir el disparo.

Por suerte, mis fantasías son sólo eso, fantasías.

De carretes y revelados
El placer de ir solo al cine
Intromisiones y nimiedades
La delgada línea roja
La crisis fetichista
Reglas de honor
Rebelión en la granja
Hasta siempre
Un día de furia

About:

Fotos, gráficos, poemas, relatos... juntos, revueltos y separados.

Following: